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Aunque terminó de formarse en París, donde vive hace más de treinta años, es una de las eminencias ocultas que supo crear el país.
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Hizo un maravilloso descubrimiento que permite explicar por qué una madre no rechaza a su feto y qué tiene implicancias en el estudio de los tumores y posibles usos en el tratamiento de los trasplantados.
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Su maestro, el Nobel de 1980 Jean Dausset, lleva dos años proponiéndolo al premio.
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Y sabe que, tarde o temprano, lo ganará.
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Como todos los grandes descubrimientos, el de Edgardo Carosella se expande y encuentra nuevas utilidades cada vez, quizás hasta insospechadas incluso para el propio autor.
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Lo que encontró este médico argentino, formado en la Universidad del Salvador y que vive en París desde fines de los 70, es una molécula por la cual el feto no recibe los ataques inmunológicos de la madre (como sí sucede, saludablemente, ante cualquier objeto extraño que ingresa al cuerpo).
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Es decir, la molécula permite explicar por qué se toma al hijo como algo propio.
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Nada menos que el misterio de la vida de los mamíferos.
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La cuestión intrigaba a Carosella desde sus épocas de estudiante en Buenos Aires, pero fue en un laboratorio de París donde encontró a la molécula HLA-G, en un trabajo crucial de 1991.
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“Lo que hicimos fue bloquear en laboratorio unas determinadas moléculas. Entonces, las células fetales y de la madre, que antes se toleraban, se destruyeron”, indicó Carosella a PERFIL, durante una visita a Buenos Aires esta semana, con el fin de afianzar vínculos de investigación entre su institución francesa (la Comisión de Energía Atómica, que dirige) y la ciencia nacional.
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Ambos países tienen programas conjuntos para financiar la estadía de científicos de un país en el otro.
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“Nuestro proyecto ahora es estudiar la acción de las bajas radiaciones iónicas en las células”, indicó.
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Después.
Luego de aquel experimento fundacional, distintos laboratorios en todo el mundo comprobaron los hallazgos parisinos.
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“Además, se encontró que en mujeres que sufrían abortos a repetición la HLA-G estaba ausente”, agregó el especialista en inmunohematología.
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Pero no sólo eso.
Por si fuera poco, la misma misteriosa molécula, que es expresada por los genes en el mismo momento de la fecundación, participa en la inmunidad que tienen los tumores, que son “respetados” por el sistema de protección y son así tomados como “propios”, lo que les permite crecer.
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Y más: la HLA-G participa en el rechazo, o no, de los órganos trasplantados. En suma, un moleculita con usos de los más diversos y prometedores.
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“Es un escudo que defiende a las células y siempre tiene el mismo efecto”, sentenció.
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Premio. Por esas razones, Carosella fue nominado en 2006 y 2007 para el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por Jean Dausset, quien obtuvo el premio en 1980 y se ganó así el derecho a nominar a los mejores de sus colegas.
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“El fue mi maestro durante 30 años y fue un lujo trabajar tanto tiempo con él, que ahora está retirado”, dijo.
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—¿Cree que finalmente le van a dar el Nobel?
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—El mero hecho de tener una candidatura es un honor. En general, la presentación se hace muchas veces y pasan años antes de ganarlo, como sucedió con Luc Montagnier (N. de la R.: quien recién lo obtuvo este año por el descubrimiento del VIH). Hay muchos nominados que, seguramente, son mejores que yo.
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—¿Tiene expectativas cuando llega octubre, el mes de los anuncios?
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—Siempre hay una pequeña esperanza, pero hay que ser realistas y no verse superado por las expectativas.
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—Si se lo dieran, ¿cree que sería un premio francés o un premio argentino?
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—Ah, qué pregunta.
Mire, desde 1979 estoy en la Academia Nacional de Medicina, donde tuve maestros excelentes y con un aura de prestigio internacional.
Mi cuna, entonces, fue muy buena.
Tan buena, que me permitió ir a Francia.
Pero es cierto que allí tuve todas las posibilidades materiales y científicas.
Trabajé décadas al lado de un Nobel, algo excepcional en la vida de un hombre.
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—Mitad argentino mitad francés, entonces.
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—Aunque los orígenes son importantes, hoy soy francés.
El país me adaptó plenamente y nunca me hizo sentir extranjero.
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—¿Cómo ve a la distancia a la ciencia argentina?
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—La verdad es que como suelo venir por poco tiempo no puedo dar un calificativo.
Pero es ya histórica la buena formación que tienen los científicos aquí y que les permite descollar en el exterior o hacer una buena carrera en el país.
Es cierto que faltan medios tecnológicos, por eso, hay que unirse con los sectores productivos, publicar y conseguir patentes.
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El negocio, en veremos
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Una molécula que es clave para que los tumores cancerígenos sobrevivan y puede servir a los trasplantados, es casi una garantía de negocio.
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Pero Carosella, que tiene la patente de su descubrimiento, todavía no vio un peso.
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“Se armó una pequeña compañía con la esperanza de que la molécula obtenida pueda ser inyectada en los trasplantados y así se reduzca el número de rechazos de los órganos”, dijo.
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La inversión registrada ya es de diez millones de euros.
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—¿Por qué aún no obtuvo regalías?
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—Por ahora, todas las regalías son para el instituto público que financió las investigaciones.
Sólo cuando las ganancias son muchas, puede dársele al científico una promesa de acción de la compañía formada.
Pero es por un tiempo determinado.
Y las mías ya se vencieron (sonríe).
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—¿En qué estado está el desarrollo?
—Ya hemos obtenido la proteína y estamos con los estudios preclínicos (en animales).
Espero que en 2009 o tal vez en 2010 comiencen los ensayos clínicos en fase I y fase II (ya con seres humanos).
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—¿Por qué hay que patentar los hallazgos científicos?
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—La patente es patrimonio nacional, es el futuro de la Nación, y sobre ella reposa la independencia tecnológica de un país.
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Por Martin De Ambrosio
Perfil
La generación de patentes como medida del desarrollo industrial
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* La innovación en materia técnica es un elemento esencial en el desarrollo
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Si bien en instancias tempranas del proceso de desarrollo d...
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